—Yo creo que estáis loco, Montiño; que lo que os sucede os ha trastornado el seso.
—Puede ser, puede ser, señor.
—No habléis de eso á nadie, porque si de eso habláis con otras personas, podéis dar en la horca... yo me informaré... aunque de seguro estáis equivocado.
—¿Y por qué ha huído mi mujer con mi hija y con el sargento mayor don Juan de Guzmán, y con Cosme Aldaba, pinche de la cocina, y con Cristóbal, paje de la reina... robándome?...
—Yo me informaré, me informaré... y veremos. Si se ha intentado el crimen, por lo que sucede... es decir... por lo que no sucede, es casi seguro que ese crimen se ha frustrado... si ha habido crimen, estoy seguro que estáis inocente de él... se os conoce... y á más... yo os conozco hace mucho tiempo; por dinero sois capaz de engañarme y de engañar á todos los que os paguen; de servir á personas enemigas, las unas contra las otras, á un mismo tiempo... pero no cometeríais un asesinato por dinero... estoy seguro de ello... callad, pues, acerca de este atentado; yo lo averiguaré todo, sabré lo que hay de cierto y castigaré á quien deba castigar.
—¿Y no correré yo ningún riesgo?
—No, si sois inocente como creo.
—¿Y mandaréis buscar, señor, á mi mujer y á mi hija, y al dinero que me han robado?
—Sí; sí... pero volvamos al principio. ¿Recordáis lo que os mandé?—dijo el duque cambiando la conversación.
—Me han sucedido tantas desdichas, señor... que estoy aturdido.