—Pues bien; avisadla que iré á verla esta noche. Después vendréis y me diréis á qué hora y qué seña... y me acompañaréis...
—Muy bien, señor.
—Estoy satisfecho de vos por lo tocante á esa dama: pero os mandé además que diéseis una encomienda de Santiago á vuestro sobrino...
—Es que mi sobrino, no es mi sobrino...
—Sí, sí; ya sé que es hijo bastardo del duque de Osuna; pero esto no impide que le hayáis dado de mi parte la encomienda que os dí para él.
—Os diré, señor; estaba tan turbado con lo que me sucedía, que se me olvidó; aquí está la encomienda (y sacó del bolsillo el estuche que le había dado el duque de Lerma, conteniendo una placa con la cruz de Santiago), y además, señor, hubiera sido inútil.
—¡Inútil! ¿por qué? ¿hubiera despreciado don Juan un favor del rey hecho por mi medio?
—No digo yo eso... pero don Juan es caballero del hábito de Santiago desde que nació por merced del señor don Felipe II.
—¡Ah!—dijo el duque con asombro—; sin embargo, no hubiera estado de más que don Juan hubiera sabido que tenía en mí un amigo.
—Perdonad mi olvido, señor; ¡pero me sucedían cosas tan terribles!...