—Guardad... guardad de nuevo esa cruz; llevadla de mi parte á don Juan, y decidle que venga á verme para recibir la cédula real. En este negocio habéis andado torpe...

—¡Señor! ¡me sucedían tales cosas!

—Veamos si habéis hecho otro encargo mío. Os dí una carta para la madre Misericordia...

—Y la contestación está aquí...—dijo con suma viveza Montiño—, la tengo en el bolsillo desde ayer.

El duque leyó aquella carta.

En ella, por instigación del padre Aliaga, como dijimos en su lugar, la madre Misericordia desvanecía todas las sospechas del duque acerca del género del conocimiento que podía existir entre su hija y Quevedo.

Pero como el duque sabía ya por su misma hija que era amante del tremendo poeta, no pudo menos de fruncir el gesto.

—¡Conque es decir que también mi sobrina la abadesa de las Descalzas Reales me engaña!—dijo para sí—; ¡conque es decir que todos me abandonan, y que ahora sé menos que nunca en dónde estoy! Es necesario atraernos decididamente á Quevedo, y si nos pone por condición perder á don Rodrigo, hacer una de pópulo bárbaro, la haremos... aprovecharemos después la primera ocasión para dar al traste con Quevedo... ó cuando menos... sirviéndole, conservaremos nuestra dignidad exterior... Esto es preciso, preciso de todo punto.

Y luego añadió alto, tomando el vale de los mil ducados, y dándoselo al cocinero:

—Hasta cierto punto me habéis servido bien; seguidme sirviendo y os haré rico.