—Creo que érais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo más que amiga.

—Pues ahí veréis: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendió robaros la querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor de su majestad.

—Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepáis.

—Para abreviar, sólo os diré que desconfiéis de todos los que hasta ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquéis para ayudaros, porque no hay hombre sin hombre, á alguno que os haya dicho frente á frente que es vuestro enemigo.

—¿Habéis querido que os pregunte quién es ese hombre?

—Puede ser.

—Pues bien, decidme cómo se llama.

—¿No conocéis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que no pueda confundirse con ninguno otro?

—¿El duque de Osuna?

—Sí, pero no os hablo de él; aunque el que yo digo anda cerca de él.