—¡Quevedo! ¡Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo!
—Mereced su amistad.
—¡Merecer su amistad!—dijo con orgullo el duque.
—Sí por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se merezca su ayuda.
—¿Conocéis también á ese hombre?
—Sí por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos podréis debérselos también, si conseguís que os trate con la buena amistad que á mí me trata.
—Ese hombre es tenebroso.
—Para los que no tienen ojos para mirarle.
—Le temo.
—Hacéis mal en temerle, porque es el único hombre que os puede salvar.