—Pero, señor, ¿qué ha dado don Francisco á todo el mundo, que así todo el mundo me habla de él, y las personas que más estimo, que más quiero, se ponen de su parte?

—Eso consiste en que tenéis personas que os aman, que saben que vuestro favor con el rey está amenazado, que quieren salvaros y que no encuentran otro mejor medio de salvación que don Francisco de Quevedo.

—¿Dónde vive don Francisco?—dijo Lerma profundamente pensativo.

—En mi casa.

—¡En vuestra casa!

—Sí por cierto; aquí le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha á Nápoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuréis á atraérosle.

—¿Y está por acaso en casa?

—No por cierto.

—¿Pero vendrá?

—Vendrá indudablemente á la tarde.