—Una parte del oro que os dan los ingleses y del que os procura tanta y tanta cosa como tenéis en las manos, secretario de Estado universal de su majestad. Quiero, además, un puesto en el Consejo real. Quiero participación, aunque secreta, en el gobierno con vos. Quiero una parte en los empleos y en las encomiendas que se dan para venderse...
—Pues no queréis poco, señor duque.
—Mi privanza con el príncipe, en vez de producirme ganancias, me produce gastos exorbitantes. Bien es verdad, que es dinero que se siembra para cogerlo dentro de diez, dentro acaso de veinte años, y esto de una manera dudosa. Estoy empeñado; los acreedores me asedian, y para pagarles me veo obligado á conspirar.
—¿A conspirar contra mi?
—Contra todo el mundo.
—¿Conque es decir, que me proponéis una alianza?—dijo el duque, cuya voz temblaba de cólera.
—Sí, señor.
—¡Ah! ¡pedís por esa alianza la mitad de mi poder!
—No, señor; os pido... que vos calléis respecto á mi lo del príncipe, á cambio de mi silencio respecto á vos por lo de Inglaterra.
—¡Ah! ¡son mutuas concesiones!