—Por supuesto.
—Pero á cambio del tesoro que queréis que yo os dé, ¿qué me daréis vos?
—Os daré... la traición que haré por vos á mis amigos.
—¿Es decir?...
—Que sabréis cuanto piensan Olivares, Zúñiga, Sástago, Mendoza, cuantos están contra vos, y de los cuales seguiré fingiéndome amigo.
—Aceptado—dijo Lerma, tendiendo la mano crispada á su hijo—; aceptado, señor duque de Uceda. Pero se me ocurre una cosa.
—¿Qué?
—Conocen nuestros secretos dos hombres.
—Se da de través con ellos. ¿Quiénes son?
—El tío Manolillo y Francisco Martínez Montiño.