—¡Ni nos ahorcarán!

—¿Quién piensa en la horca?

—¡Eh! ¡callad! ¡callad por Dios!—dijo el cocinero—, que parece que se acerca gente.

—En efecto, se oían pasos fuera del calabozo y en dirección á él.

Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio.

Después de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del calabozo se abrió, y un carcelero dijo desde ella:

—Señor Francisco Martínez Montiño: salid.

Confuso, sin atreverse á alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el cocinero mayor salió y siguió al carcelero.

Se cerró de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres llaves.

CAPÍTULO LXX