—Al amante de su mujer.
—¡Cómo! ¿no lo habías matado tú?
—¡Ah! es verdad que sabes que yo he matado á ese infame. Pues bien, tengo suerte; la justicia, no sé por qué ni cómo, ha encontrado daga en mano y sobre el cadáver de Guzmán á Montiño; me quito un muerto de encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su majestad. Conque la orden.
—Entra—dijo el duque, á quien como sabemos tenía sujeto el bufón.
—No, te espero aquí; no quiero subir escaleras: bájame tú mismo la orden.
Como ven nuestros lectores, para lo que habían sacado á Montiño del calabozo era para que hablase con el bufón.
Paseábase éste en una de las habitaciones de la alcaidía.
Había dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y así, con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el pecho, tenía algo de terrible.
El carcelero introdujo en la habitación á Montiño, y con arreglo á las órdenes que tenía, salió y cerró la puerta.
—Venid acá, tío Francisco, venid acá—le dijo el bufón—; tenemos que hablar mucho y grave.