—¿Y qué queréis?
—¡Señor! ¡señor!—exclamó Montiño arrojándose á los pies del duque y con los brazos abiertos—; puesto que lo sois todo en España, y que yo soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, señor, salvadme.
—Levantáos, levantáos, Montiño, y nada temáis; se le echará tierra al muerto, se romperá el proceso...
—¡Ah señor! ¡piadoso señor! ¡Mi vida!...
—Merecéis que se os ampare.
—Después de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo á pedirle otra gracia.
—Hablad, hablad.
—Muchas gracias, señor, muchas gracias, no sé cómo pagar á vuecencia.
—Acabando pronto, Montiño.
—Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopín Cosme Aldaba, y el paje Cristóbal Cuero están presos.