—Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedísteis.
—Muchas gracias, señor; pero ahora pido á vuecencia que se deshaga lo hecho.
—¡Cómo!
—Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos, suelten á mi mujer, á mi hija, al galopín y al paje.
—¿Pero estáis loco, Montiño? ¿No os ha deshonrado vuestra mujer?
—¡No señor!
—¿No os ha robado?
—¡No, señor! y ruego encarecidamente á vuecencia...
—Sentáos y escribid vos mismo.
El cocinero se sentó.