—Te he calumniado—dijo—en el corazón del hombre por quien has muerto; pero tú ya estás donde la verdad resplandece, pobre niña; tú verás que de los que aquí quedan, sólo queda en uno la amarga memoria tuya; yo haré que en los templos de Nápoles se eleven preces por tu alma y por tu descanso; yo rogaré á Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo serán lo único que de ti quede algún tiempo sobre la tierra.

Y Quevedo desnudó su daga, cogió uno de los sedosos y pesados rizos de Dorotea, le cortó, le anudó, le guardó en el seno y salió de la alcoba.

—Adiós, fray Luis, adiós—dijo abrazándole—. Hasta que la desdicha nos vuelva á juntar.

—Adiós, don Francisco, adiós, y que Él os de fuerzas para sufrir vuestras amarguras.

Quevedo salió y se encaminó á casa del duque de Lerma, en cuya portería escribió la carta en tres renglones que le abrió paso hasta el despacho del duque.

Recibióle Lerma afablemente y le mostró la carta que acababa de leer.

—Explicadme esto, don Francisco—le dijo.

—La explicación está en estos sangrientos papeles—dijo Quevedo entregando al duque los que llevaba en la mano.

El duque los examinó rápidamente.

Eran los papeles que le había robado el tío Manolillo, y que le tenían sujeto.