—¿Qué precio queréis por estos papeles, don Francisco?
—Yo no vendo seguridades ni en ser soplón he pensado nunca. Lo que quería ya lo tengo, una audiencia vuestra.
El duque se acercó á una bujía y quemó uno por uno aquellos papeles.
—Nada habéis hecho—dijo Quevedo—, si no quemáis también vuestra ambición y vuestra soberbia.
—¡Siempre cruelísimo conmigo! ¿por qué no me ayudáis?
—Porque no quiero.
—¡Breve estáis!
—Tengo prisa.
—¿Y á qué habéis venido?
—A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podrían enmarañarnos.