—Veamos.

—Recordad que sangre tenían los papeles que habéis quemado.

—¿Habéis muerto ó herido?...

—He sacado de penas al bufón del rey. Desdichado era y por mí descansa. Allá está en la calle de Don Pedro.

—Bien; no se harán informaciones acerca de esa muerte.

—Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido justa.

—Bien, bien; el secreto se enterrará con el muerto.

—Hay además en la calle de Don Pedro, esquina á la de la Flor, una casa deshabitada, de cuya puerta es esta llave.

Y Quevedo dió al duque una llave que el duque puso sobre la mesa.

—En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando mandéis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podría acontecerle lo que á Dorotea.