—En su casa, en su cama, y orando junto á su cama el bueno del inquisidor general.

—¿Y qué más queréis, don Francisco?

—Quiero real licencia para que partan cuando quieran á Napóles don Juan Téllez Girón, capitán de la guardia española del rey, con su esposa doña Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina.

—Pediré la licencia á su majestad.

—Dádmela vos por traslado, que otras más graves reales órdenes se han dado sin que lo sepa su majestad.

El duque, dominado por Quevedo y por la situación, se sentó en la mesa, escribió, firmó, leyó lo que había escrito á Quevedo y luego dobló el papel, le puso un sobre y le selló y le sobrescribió.

—Beso á vuecencia las manos y le doy las gracias—dijo Quevedo tomando el pliego.

Y se encaminó á la puerta.

—No me atrevo á deciros más—dijo el duque—, porque estoy seguro de no reteneros.

—Adiós, don Francisco de Sandoval y Rojas—dijo con un acento singular Quevedo—; plegue á Dios que no paguéis, como me temo, el favor de su majestad.