Y Quevedo salió.

Poco después fué cuando el duque llamó al alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento.

—Tomad—dijo el duque dándole una orden firmada por el rey—; presidente sois desde ahora de la real audiencia de Méjico.

—¡Oh! ¡señor! ¡señor excelentísimo!—dijo doblegándose todo el alcalde.

—Anteanoche me servísteis bien; pero aún os queda que hacerme un último servicio.

—Mandad, señor.

—En la calle de Don Pedro encontraréis un hombre muerto á hierro.

—¿Y quiere vuecencia que se descubra?...

—Por el contrario, quiero que hagáis el proceso de manera que no pueda, ni aun por barruntos, sospecharse quién es el homicida.

—Lo haré, señor.