—Pues id al momento, no dé con el difunto una ronda.
—A tal hora y lloviendo, juraría que no hay un alcalde fuera de su lecho, ni más alguaciles de pie que los que yo traigo.
—Pues id, alcalde, despacháos, depositad el difunto y volved, porque os necesitaré aún.
Cuando el duque se encontró solo, una expresión de contento animó su semblante.
Esto consistía en que se le había quitado una montaña de sobre el corazón, en el momento en que destruyó las pruebas de traición que en poder del tío Manolillo eran su inquietud mortal.
En cuanto á Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte.
Pero el corazón humano es un abismo.
Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro.
Le sacrificaba.
Viva Dorotea, no era posible dejarla. ¿Qué se hubiera dicho de la magnificencia del duque de Lerma?