No dejándola, era preciso satisfacer sus gastos.
Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro.
Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto.
Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la pérdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma salía bien heredado, estaba en unas magníficas disposiciones de consuelo.
Todo se arregló á las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era hombre que lo entendía.
El tío Manolillo pasó por asesinado por una mano oculta, y con su entierro se terminó el proceso.
Dorotea pasó por muerta de repente en su casa, en su cama; se la hicieron, costeándolos el duque de Lerma, que no podía dispensarse de aquel último gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterró según su voluntad, en la iglesia de San Martín, en una sepultura en el suelo, sin piedra ni letrero.
Había cesado de llover y hacía sol.
Un mes después, la duquesa de Gandía recibió por un correo expreso una larga carta del duque de Osuna.
El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices.