A la carta de Osuna acompañaban una de don Juan y otra de doña Clara.
Aquellas cartas respiraban felicidad.
El autor debe decir, que tal maña se dió Quevedo, que curó á los dos esposos completamente, á él del recuerdo de Dorotea, á ella de sus celos.
Atemos los últimos cabos.
Don Rodrigo Calderón sanó al fin de su herida, y como era necesario al duque de Lerma, éste se guardó muy bien de mostrarse enojado con don Rodrigo.
El incendio de la quinta del conde de Lemos se apagó, pero no se apagó del mismo modo el incendio del corazón de la condesa.
En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fué á visitar sus posesiones de Nápoles.
En resumen, ¿cuál de nuestros personajes era la víctima de los sucesos que acabamos de relatar?
La situación de la corte había quedado en el mismo estado que antes; las intrigas seguían, los que antes eran enemigos, seguían profesándose un razonable odio.
Doña Clara tenía á su don Juan.