—Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os he tenido preso no ha sido porque no me servíais á mí, sino porque no sirviéseis á otros.
—Yo sólo sirvo á Dios.
—Y al duque de Osuna.
—Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande quede en España. Sirviendo al duque sirvo á Dios, porque sirvo á la justicia y al honor.
—O porque sirviéndole, os servís á vos mismo. ¿Qué habéis visto en Girón, que os haga creer que es más grande que Lerma?
—Que Girón es grande sin decirlo, y vos, llamándoos grande, sois pequeño.
—¿Qué queréis, don Francisco, qué deseáis? ¿con qué noble premio se os puede comprar?
—¿Queréis que sea vuestro amigo?
—¡Oh don Francisco! me llamáis ciego, y sin embargo, no reparáis en que os veo levantaros delante de mí como un gigante, y os respeto; no comprendéis que os aprecio en cuanto valéis, y que sé que con vuestra ayuda nada temería: lo emprendería todo, continuaría los tiempos de esplendor de España...
—Me estáis ofreciendo moneda falsa.