—El mismo.

—Ha mandado don Rodrigo á ese hurtado á la horca que enamore á la mujer de Francisco Montiño...

—Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra cacerolas.

—No creí, no creí que llegase á tanto el malvado ingenio de don Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Alégrome de haberos encontrado, amigo bufón, porque Dios nos descubre marañas que deshacer... y las desharemos ó podremos poco. Pero contadme, contadme: ¿en qué estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor cocinera?

El tío Manolillo no contestó; había levando la cabeza, y puéstose en la actitud de la mayor atención.

—¿Qué escucháis?—dijo Quevedo.

—¡Eh! ¡Silencio!—dijo el bufón levantándose de repente y apagando la luz.

—¿Qué hacéis?

—Me prevengo. Procuro, que si miran por el ojo de la cerradura de la otra puerta no vean luz bajo ésta. Es necesario que me crean dormido; necesitan pasar por delante de mi aposento y me temen. Pero se acercan. Callad y oíd.

—Quevedo concentró toda su vida, toda su actividad, toda su atención en sus oídos, y en efecto, oyó unas levísimas pisadas como de persona descalza, que se detuvieron junto á la puerta del bufón.