—Pues no hay que preguntarme otra vez si quiero—dijo Quevedo quitándose los zapatos.
—No dejéis aquí vuestro calzado, porque saldremos por otra parte.
—Ya sabía yo que érais el hurón del alcázar.
—Como me fastidio y sufro y nada tengo que hacer, husmeo y encuentro, y averiguo maravillas. ¿Estáis listo ya, don Francisco?
—Zapatos en cinta me tenéis, y preparado á todo.
—No os dejéis la linterna.
—¿Qué es dejar? Nunca de ella me desamparo; cerrada encendida la llevo, y haciendo compañía á mis zapatos. ¿Estáis vos ya fuera?
—Fuera estoy.
—Pues allá voy y esperadme. Eso es. ¿Y sabéis que aunque viejo no habéis perdido las fuerzas? Me habéis sacado al terrado como si fuera una pluma. Estas piernas mías... parece providencia de Dios para muchas cosas el que yo no pueda andar de prisa ni valerme.
—Dadme la mano.