El alguacil se calló.

—Dadme esas diligencias—dijo el duque.

Entrególas el alguacil.

—Idos, y que á persona viviente reveléis lo que habéis averiguado.

—Descuidad, señor—dijo el corchete, y salió de la cámara andando para atrás para no volver la espalda al duque.

Cogió éste y examinó minuciosamente los papeles que le había dejado el alguacil, y después los guardó en su ropilla y llamó.

—¿Ha venido el señor Gil del Páramo?—dijo á un maestresala que se presentó á su llamamiento.

—En la antecámara espera, señor—dijo el maestresala.

—Hacedle entrar.

Entró un hombre de semblante agrio y ceñudo, vestido con el traje de los alcaldes de casa y corte, y se inclinó profundamente ante el duque.