—¿Sois vos el que rondaba cuando encontrásteis herido al señor conde de la Oliva?
—Sí, excelentísimo señor.
—¿Traéis con vos las diligencias que habéis practicado?
—Sí, excelentísimo señor.
—Dádmelas.
—Tomad, excelentísimo señor.
—Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabéis y no procedáis en justicia.
—Muy bien, excelentísimo señor.
—Podéis retiraros.
—Guárdeos Dios, excelentísimo señor. El alcalde salió.