El duque se sentó en un sillón y quedó profundamente pensativo.

—¿Te alegras ó te pesa de lo acontecido?—dijo Quevedo, procurando ver al través de la inmóvil expresión de aquel semblante—. Allá veremos. En cuanto á mí, no me escondo. No por cierto. ¿Cómo he tener yo miedo de un hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufón, ¿queréis guiarme á la puerta de la cámara donde está la condesa de Lemos?

—Que no os haga doña Catalina hacer una locura; yo que vos me escondía.

—Pues ved ahí, yo voy ahora más que nunca á darme á luz. Pero guiad, hermano, guiad.

El bufón desandó lo andado, llegó frente á una puerta y dijo:

—Aquí es.

—Esperad, esperad y no habléis; reconozcamos antes el campo. En palacio es necesario andar con pies de plomo.

—Paréceme que hablan en la cámara.

—Pues escuchemos.

Quevedo observó.