—Venga lo que quisiere.
—Buenas noches, y... contadme por vuestro amigo.
—Gracias, padre—dijo Montiño tomando la mano que el padre Aliaga le tendía y besándosela.
—¡Que Dios os bendiga!—dijo el padre Aliaga.
Y aquellas fueron las únicas palabras en que Montiño notó algo de conmoción en el acento del fraile.
Saludó y se dirigió á la puerta.
—Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitáis guía.
Y el padre Aliaga se levantó, abrió la puerta de la celda y llamó.
—¡Hermano Pedro!
Abrióse una puerta en el pasillo y salió un lego con una luz.