—Guíe á la portería á este caballero—dijo el padre Aliaga al lego.
Juan Montiño saludó de nuevo al confesor del rey y se alejó.
El padre Aliaga cerró la puerta y adelantó en su celda, pensativo y murmurando:
—Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro.
Pero en vez de volverse á su silla, se encaminó al balcón de la derecha y le abrió.
—Venid, venid, amigo mío, y calentáos—dijo—; la noche está cruda, y habréis pasado un mal rato.
—¡Burr!—hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un ancho sombrero, que había salido del balcón—; hace una noche de mil y más diablos.
El padre Aliaga cerró el balcón, acercó un sillón á la chimenea, y dijo á aquel hombre:
—Sentáos, sentáos, señor Alonso, y recobráos; afortunadamente el visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y hubiérais pasado un mal rato.
—Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si alguien viniera de improviso... tenéis una celda tan reducida... os tratáis con tanta humildad... pueden sorprendernos.