«Mi buen amigo—le decía—, vuestras virtudes merecen que se os honre más que con el empleo de confesor del rey; por lo mismo he aconsejado á su majestad que os nombre inquisidor general. Temo que vuestra humildad se resista á aceptar esta alta dignidad; pero cuando meditéis que así conviene al servicio de Dios y del rey, estoy seguro que consentiréis; para asegurarme de ello, y porque urge, seguid al portador á palacio, donde os espera, vuestro amigo—, El duque de Lerma.»

—¡Inquisidor general!—murmuró el padre Aliaga—; pues bien, acepto: no supieron lo que hacían cuando me nombraron confesor del rey, y no saben ahora lo que hacen nombrándome inquisidor general. ¡Oh! ¡Margarita! ¡Margarita!

Coloreáronse febrilmente las mejillas del fraile, que tomó su manto, se caló la capucha y salió de la celda, siguiendo al gentilhombre.

—Esperad, esperad un momento—dijo pasando junto á una puerta de un corredor.

El gentilhombre esperó.

El padre Aliaga entró en aquella celda.

En ella velaba un religioso.

—Amigo Benítez—le dijo el padre Aliaga: salgo del convento de orden del rey, y acaso no vuelva tan pronto.

—¿Cómo? ¿os prenden?—dijo el padre Benítez, que era un religioso anciano.

—No por cierto; pero me hacen inquisidor general.