—Habéis querido hacerme sospechar de mi esposa.
—¡Jesús María! ¡vea vuestra merced lo que es ser los hombres maliciosos!
—No es necesario ser malicioso.
—¿Pues yo qué os he dicho?
—Pues eso es lo malo, que no habéis dicho nada.
—He dicho que los hombres viejos no debían casarse teniendo hijas jóvenes y bonitas.
—Habéis dicho mujer.
—He dicho hija.
—Y bien, ¿qué tenéis vos que decir de mi hija?...
—¡Hum! ¡nada! ¡pero haberse estado vuestro sobrino hasta las tres en vuestra casa, y no haber parecido cuando le buscaba la justicia!