—¡Bah si le conozco! ¿pero no habéis oído, señora María, ó es que tanto os interesa tener limpias las sartenes, ya que no podéis tener limpia la conciencia?
—No sé para qué los reyes han de tener gordos y ensoberbecidos á estos avechuchos—dijo la vieja.
—Pero el sobrino del señor Francisco... os he preguntado por él tres veces y nada me habéis respondido... y sé que ha pasado aquí la noche...
—La madrugada, diréis.
—En buen hora... ¿y duerme todavía?
—El que se acuesta tarde, no se levanta temprano.
—¿Y decís que conocéis á mi sobrino?—dijo el cocinero.
—Ya se ve que le conozco.
—¿Dónde le habéis visto?
—Anoche en palacio.