—¡Tu tío!... ¡tu pobre tío, ha muerto!—contestó apagando su sonrisa y con acento triste Francisco Montiño.

El joven se puso pálido, sus ojos se llenaron de lágrimas, y exclamó bajando tristemente la cabeza:

—¡Cúmplase la voluntad de Dios!

Y luego añadió dominándose:

—¿Y nada os ha dicho para mí?

—Nada; cuando llegué ya había perdido el habla.

—¡Ah! ¡mi buen tío! la carta que me dió para vos era un pretexto para alejarme de sí; para que no lo viese morir.

—No te has engañado, sobrino; no te has engañado... ¿y qué he hecho yo de esa carta? creo que la llevé al pueblo, y que la he dejado olvidada allí. ¿Pero, cómo has pasado la noche?

—Muy bien, tío, muy bien.

—Pues me alegro, me alegro mucho—dijo el tío Manolillo—, porque creo que tenéis demasiado que hacer para no necesitar estar descansado.