—No os conozco, amigo—dijo Montiño.
—Nada tiene de extraño. Yo soy el bufón del rey; pero si no me conocéis á mí, conocéis mucho á un grande amigo mío.
—¿Qué amigo?
—Don Francisco de Quevedo.
—¡Cómo! ¡don Francisco de Quevedo!—dijo el cocinero mayor—¿y está don Francisco en la corte?
—Y algo más que en la corte dijo el tío Manolillo.
—¡Ah, ah! ¿Y conoces tú á don Francisco de Quevedo, sobrino?—añadió el cocinero.
—Estuvo hace dos años en el lugar; iba huído...
—¡Ah!—dijo Francisco Montiño, recordando el pasaje de la carta de su difunto hermano, en que se refería al conocimiento de Juan con Quevedo—. ¡Ah, sí! ¡Es verdad!
—¿Y qué es verdad?—dijo Juan.