—¿Qué ha de ser verdad, sino que hace dos años anduvo huído por unas estocadas don Francisco?
—Pues amigo mío—dijo el bufón—, don Francisco os espera.
—¿Que me espera? ¿Y dónde? Habíamos quedado en vernos en San Felipe.
—Pero urge, urge. Así, pues, os vendréis conmigo.
—¡Sin almorzar!—dijo el cocinero—. ¡Yo que venía con él para que almorzase!
—Donde yo le llevo almorzará mejor.
—¿Mejor que en mi casa?
—Sí, señor; vuestro sobrino, señor Francisco, almorzará hoy mejor que el rey.
—¡Algunas empanadas de hostería de esas que no se digieren!—exclamó Montiño con desprecio y picado en su calidad de cocinero.
—¡Yo daré de almorzar á vuestro sobrino pechugas de ángeles!