—¡Ah, ah!... ¡vos tenéis á vuestra disposición pechugas de ángeles!... Pero es el caso que yo necesito á mi sobrino, aunque sólo puedo darle pechugas de ánade.

—No son malas, señor Francisco, no son malas; guardadme una para más tarde; pero yo ahora me llevo conmigo al señor Juan Montiño. Como que le espera nada menos que don Francisco de Quevedo, y para asuntos muy importantes.

—¡Oh! pues si don Francisco de Quevedo me espera, tío, necesario será que vaya.

—Iremos todos—dijo el cocinero.

—No puede ser—replicó el bufón—: quedáos en buen hora siguiendo vuestra disputa con la señora María. En cuanto á mí, vuestro sobrino me llevo.

—¿Y dónde para don Francisco?

—En una casa y en una cama.

—Pues quedo enterado—dijo el señor Francisco.

—¡Cómo! ¿Ha pasado algún mal accidente á don Francisco?—dijo con cuidado Montiño.

—Cosa mala nunca muere—dijo desapaciblemente la vieja.