—Por eso no habéis muerto vos, aunque sois vieja del alma y del cuerpo—dijo el tío Manolillo—; pero vamos, señor Juan, y que no se diga que cuesta más trabajo sacaros de aquí que si se tratase de sacar una monja de un convento.

—No; no ciertamente—dijo el joven—; perdonad, tío, pero cuando don Francisco me llama con tanta urgencia, asunto debe ser importante; en cuanto concluya iré á buscaros á palacio.

—Ve, sobrino, ve—dijo el cocinero—; ya sabes que yo no me meto en tus asuntos; pero mira dónde pones los pies, hijo mío, porque la corte se ha puesto para ti un poco resbaladiza.

—¿Nos veremos en la calle?—dijo el bufón—. Venid, que el tiempo urge, y vos, compadre, dejadnos por Jesús Nazareno, y vamos, y no se hable más, que en decir y replicar llevamos una hora. Conque hasta después; muchas expresiones al señor Cornejo, señora María, y al señor escudero que se compre un peine fuerte; hasta más ver... ¡Gracias á Dios que estamos en la calle!

Y el tío Manolillo, sin detenerse á escuchar la agria réplica de la señora María, sacó á remolque á Juan.

—¿Conque tan hombre sois?—le dijo el bufón.

—Según—dijo Juan—; no sé por qué me hacéis esa pregunta.

—¡Afortunado y reservadillo! haréis fortuna en la corte, joven.

—Me alegraré.

—¡Ah, ah!—conozco á muy pocos que hayan entrado en palacio con tan buen pie.