—Muchas gracias por la manera de echarnos, don Francisco—dijo Dorotea.

—Lope de Vega os espera; esta tarde á las dos debéis aparecer estrella; procurad que no os nublen los del patio... debéis, pues, agradecerme que no os distraiga. Paréceme que estaréis aquí mejor que en palacio, tío Manolillo.

—Buenas noches, don Francisco, buenas noches y hasta que despertéis.

—Os engañáis, hermano; aún no me duermo, ni llamo al amigo Juan para que me traiga el sueño... heme echado por descansar un poco, pero ya empiezan mis tareas cortesanas: el no dormir y el no parar. ¿Y vos habéis descansado?—dijo Quevedo dirigiéndose á Montiño, y prescindiendo enteramente del bufón, que salió y se sentó en la sala frente á Dorotea, que se había puesto á estudiar su papel junto á una ventana.

—No he podido dormir, Quevedo—dijo el joven.

—Dichosa edad en que el amor desvela; ¿y no ha tenido parte en vuestro desvelo el lance de anoche?

—¿Cuál de ellos?

Quevedo marcó con el brazo una estocada.

—¡Ah! ¡no!

—Pues sabed que Lerma lo sabe.