—¡Ah! ¡su excelencia! Créolo libre de tal contagio...
—Dios le ayude.
—Ya le ayudáis vos...
—Pues yo creía que le desayudaba...
—Sois un oro...
—¿Os habéis vestido ya?
—Atácome las calzas...
—Voy á preparar el almuerzo.
—¿Quién es esta mujer? dijo Montiño.
—No lo sé—dijo Quevedo encajándose los gregüescos.