—¿Qué, no lo sabéis, y os metéis en su casa como en una posada, y la tratáis con una lisura que mete miedo?
—Tratándose de esta mujer, cuanto más miro menos veo. No se lo digáis á nadie, porque no me gusta pasar por torpe: pero no la leo... no la adivino. Hacedla el amor.
—¿Yo?...
—Es hermosa.
—Pero descarada.
—Por las descaradas se conoce á las enmascaradas; un amante ve lo que no ven los demás, y nos conviene ver á esta mujer.
—Enamoradla.
—Ya lo he hecho.
—¿Y no habéis podido leerla?
—No, porque no se ha enamorado de mi.