—¡Apenas llegado!

—Es mi sino. Pero como estoy ya cansado de que me echen el guante, trato de echar un guante de oro al escribano para que se le entorpezcan los dedos... y me urge... y me duele dejar á medio roer este pichón... pero os dejo...

—¿Os vais?—dijo Montiño poniéndose de pie.

—¡Oh! ¡no! vos no tenéis nada que ver con la justicia—dijo Dorotea—: almorzad al menos, caballero... si no es ya que os sepa mi almuerzo mal.

—Creo que jamás ha almorzado tan á gusto el señor Montiño, y se quedará, debe quedarse—añadió Quevedo cargando su acentuación de una manera perfectamente inteligible para Montiño.

—Temería abusar...

—¡Oh! ¿qué es abusar?... por el contrario, no sabría á qué atribuir...

—Pues me quedo—dijo Montiño con voz insegura.

—Pues quedáos—exclamó Quevedo—. Os suplico que no os vayáis...

—Pero si tardareis...