—En ninguna parte pudiérais sentir menos la espera. ¡Ah! las diez... conque hasta las doce. Quede con vosotros Dios.

Y Quevedo salió.

Toda esta escena, á pesar de que había sido un poco picante, había pasado delante de la negra y del lacayuelo.

—Servidnos los postres y marcháos á almorzar—dijo Dorotea apenas salió Quevedo.

Montiño y la comedianta quedaron al fin solos.

—Tenéis un amigo muy regocijado—dijo Dorotea...

—¡Oh! ¡sí!—contestó el joven, que aunque no era novicio, sentía remordimientos por aquella especie de infidelidad que hacía á su dama, y estaba contrariado.

—Si no fuese por su lengua...—añadió Dorotea.

—¡Oh! ¡sí!—respondió Montiño.

—¿Pero no coméis?—dijo la joven, que empezaba á sentirse preocupada.