—Perdonad, señora, pero...
—¿Pero qué?...
Montiño alzó los ojos, y su mirada se encontró con la mirada negra y resplandeciente de la Dorotea.
Por culpa de la situación, aquellas dos miradas fueron terriblemente criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de despecho, porque había conocido todo el valor aparente de su mirada.
Lo mismo y por la misma razón aconteció á Montiño.
—Vamos, esto es una tontería—dijo la Dorotea, sin pretender cubrir lo que no podía cubrirse.—Quevedo tiene la culpa.
—Yo creo, señora, que nadie tiene la culpa de nada.
—Bebed—dijo la joven llenando una copa de vino.
—Bebed primero vos...
—La Dorotea llenó su copa.