—He visto en vos, señora... ¡la verdad es que no he visto nada fuera de vuestra hermosura, que es divina!
—Pero... mi hermosura sola no hubiera causado en vos... en fin, no hablemos más de esto... os recibo por mi amigo.. conozco que os apreciaré... os apreció ya, no sé por qué... sobre todo, no me gusta una guerra fatigosa, un galanteo que á nada conduciría, porque es una locura.
—Seamos, pues, amigos; prefiero vuestra amistad á vuestro amor.
-¡Mi amor! ¿sabéis si yo he amado alguna vez? ¿sabéis si puedo amar?
—Todos hemos nacido...
—He aquí una cosa indudable.
—Para amar...
—Eso no es tan claro.
—Si no habéis amado, amaréis.
—¿Habéis amado vos?