—Sí, y mucho—dijo Montiño suspirando por doña Clara de Soldevilla.
-¿Y amáis...?
—¡Si amo! ¡si amo! ¡con toda mi alma!—exclamó el joven refiriéndose siempre á doña Clara.
La Dorotea, sin darse á sí misma la razón, se inmutó profundamente y dejó ver claro su disgusto en su semblante.
Acaso aquello era amor propio.
Acaso una sensación involuntaria.
Montiño notó aquella conmoción, la tradujo por amor propio á su favor, y acordándose de que Quevedo le había dicho:—Importa á la reina acaso, el que volváis loca á esa mujer—y comprendiendo que el servir á la reina, el sacrificarse por ella, era la mejor seducción que podía emplear para con doña Clara, se decidió á tomar á la comedianta por instrumento, y á destruir el mal efecto que le habían causado sus últimas palabras.
—Sí—repitió con acento apasionado—, amo á una diosa humana, con toda mi alma, con todo mi corazón... y esa divinidad... ¡sois vos!
—¡Yo! ¡imposible!
—Recordad que me turbé al veros.