—Si Francisco Martínez Montiño se empeña, seréis... no digo yo capitán... sino cuartel-maestre, general... vuestro tío, además de tener muchos doblones, tiene mucho influjo.

—Me alegro de saberlo—dijo para sí el joven.

—Capitán—dijo la Dorotea...—¿y os iréis á Italia ó á Flandes?...

—Me quedaré en Madrid; á más de capitán, quiero serlo de la guardia española.

—Lo seréis, porque á más de vuestro tío os ayudaré yo.

—¡Vos!

—Sí, yo... ¿pues no sabe todo el mundo que soy la querida del duque de Lerma, y que su excelencia me quiere tanto, que hace todo lo que yo quiero?

—Temería abusar de vos.

—¡Bah! yo debo agradeceros el que me hayáis mirado tan bien.

—Mejor os agradecería el que no me miráseis mal.