—¿Por lo de don Rodrigo...?

—No, por lo de la corte... cosas se están preparando... cosas inevitables... sería necesario ser un Dios.

—Pues yo no me voy, á no ser que se viniera conmigo doña Clara.

—¡Ah! maldiga Dios las mujeres... pero como estoy seguro que ni frailes capuchinos son capaces de convencer á un enamorado como vos...

—¿Y la reina...?

—Dios guarde á su majestad.

—Seamos nosotros la mano de Dios.

—Decís bien... quedémonos... pero como yo ahora no puedo acompañaros, ni vos tenéis á dónde ir, quedáos aquí... tomad posesión de la casa que, os lo aseguro, es vuestra, y empezad á ser el déspota de Dorotea. Os digo que está enamorada de vos, que resiste y que la resistencia acabará por hacerla vuestra esclava. No olvidéis que es nuestro instrumento... y adiós.

—¿Pero qué he de hacer yo aquí?

—Primero quitaros la capa, la daga y la espada como si estuviérais en vuestra casa, mandar, hacer y deshacer, y que cuando venga Dorotea os encuentre apoderado de vuestro lugar de dueño.