—Pero esto me repugna...

—Seguid mi consejo... por veinticuatro horas.

—Pero si lo sabe doña Clara.

—Yo me encargo de eso. Pero adiós. Me están esperando en las Descalzas Reales.

Y Quevedo salió.

Juan Montiño permaneció algún tiempo perplejo, y después siguió el consejo de Quevedo.

Se quitó la capa y el talabarte, acercó un sillón al brasero de plata que templaba la sala y poco después dijo:

—¡Casilda!

Presentóse la negra y miró con asombro á Juan, apoderado de la casa de su ama.

—¿Qué me manda vuesa merced, señor?—dijo.