—Tráeme un vaso de sangría.
La esclava salió y poco después entró con un vaso lleno de un líquido rojo en que flotaba una rueda de limón y puesto sobre una salvilla de plata.
Montiño se quedó solo, pensando alternativamente en las cosas siguientes:
Primero en doña Clara.
Después en la reina.
Luego en su banda de capitán.
Por último, en Dorotea.
Al fin, pensando en ella y bajo la influencia de la sangría, del calor del brasero y de la soledad, se quedó dormido.