Dejamos á Francisco Martínez Montiño en casa de la señora María.
Cuando la vieja se encontró sola con él, volvió toda su cólera contra la única víctima que le quedaba.
—Os habéis perdido y perderéis á vuestro sobrino—le dijo—; y todo por vuestra avaricia.
—Tengamos la fiesta en paz, señora María; ni yo me he perdido ni trato de perder á nadie, y con esto quedad con Dios, que yo sólo venía por mi sobrino, y no habiéndomelo llevado me voy á la cocina.
—Bien haréis en estar en ella, y en no perder de vista las cacerolas, y en ver quién anda con ellas.
—¿Qué queréis decir?
—Nada, señor Francisco, nada... yo me entiendo, y sé lo que me digo...
—Pues maldito si os entiendo, ni quiero entenderos. Quedáos con Dios, y si vuelve mi sobrino, tratadle bien, y no seáis con él parlanchina ni imprudente... ved que mi sobrino es mucho hombre y os pudiera pesar.
—¿Porqué no casáis á vuestro sobrino con vuestra hija?... aunque os lo están acostumbrando mal: ¡habérsele llevado el tío Manolillo á casa de la Dorotea!...
—Quedad, quedad con Dios, que vos por hablar os olvidáis de todo, y yo no puedo olvidarme de nada. Conque hasta más ver: muchas cosas al señor Melchor.