—Id con Dios y abrid los ojos.

—¡Oh! ¡maldiga Dios las malas lenguas!—murmuró Montiño saliendo de la casa de la señora María Suárez.

Y se alejó la calle adelante.

—¡Que le case con mi hija!—pensaba el cocinero mayor—; indudablemente que éste sería un buen negocio. ¿Pero lo tomaría á bien su padre?... el duque de Osuna es un señor terrible... ¡y aquel cofre!.., ¿qué habrá en aquel cofre?... ¿para qué se habrá llevado el tío Manolillo á Juan á casa de la Dorotea?... ¿y cómo, señor? ¿cómo se anda Juan por esas calles de Dios al descubierto, después de haber dado de estocadas á don Rodrigo?

Todos estos pensamientos incoherentes, revueltos, se agitaban de tal modo en la cabeza del cocinero mayor, que andaba maquinalmente sin ver por dónde iba.

Cuando entró en palacio por la puerta de las Meninas, sintió que le tocaban en un hombro.

Volvióse y se encontró delante de un viejo apergaminado.

—¡Ah! ¡el rodrigón de doña Clara Soldevilla!—exclamó.

—Vuestro humilde criado, señor Francisco—dijo el vejete.

—¿Sois vos el que me ha tocado?